Obsolescencia programada

Artículo de la categoría Opinión
DIC
22
2010

Una compañera de trabajo me ha hablado de un documental que vio el fin de semana y que le ha hecho reflexionar mucho. El documental que se emitió en la 2 “Comprar, llençar, comprar” habla del concepto Obsolescencia programada (creo que es un documental que ya se ha emitido en televisión con anterioridad).

Se trata de una estrategia en #Economía que consiste en reducir intencionadamente la vida máxima de un producto para favorecer que el cliente final reinvierta en él en forma de reparación (y sustitución de piezas) o directamente a través de la compra de otra unidad. Resulta que no es un concepto nuevo sino que aparece en los años 20, antes de la gran crisis del 29. De momento no he leído que sea una estrategia ilegal, aunque las empresas, por razones de imagen, no suelen hablar de ella públicamente (el cartel Phoebus existió para controlar y multar a la producción de bombillas de vida máxima superior de 1500 horas, aunque sus miembros siempre lo negaron). De todas formas a veces es difícil de descubrir porque se camufla tras el cambio de modas, la competencia tecnológica y la ampliación de prestaciones. Y por qué no decirlo: la propia cultura de consumo masivo e insaciable que nos caracteriza a los humanos del mundo capitalista (porque en el mundo comunista no ha existido la obsolescencia programada, o si?) Y no hace muchos días que estábamos todos como locos buscando regalos y más regalos mientras los grandes empresarios se frotaban las manos.

Es una de esas cosas que te hacen renegar como persona y que te resultan una prueba irrefutable de que si el sistema comunista no funcionaba, el capitalista, aunque parezca que sí, tampoco lo hace. El mayor problema de la obsolescencia programada o planificada es que fomenta la desconsideración con el medio ambiente. En el documental se denuncia como en un intento por hacer reciclaje de todos los productos que acaban obsoletos estos se venden al tercer mundo como aparatos de segunda mano. Acaban igualmente como basura, pero eso sí, fuera del territorio donde se consumió por primera vez. De momento, sólo es África el continente que estamos convirtiendo en un vertedero gigante. Todo parece indicar que acabaremos con un planeta en donde no se puede dar un paso sin tropezar con máquinas y restos de cosas viejas inservibles como en la película WALL-E. La naturaleza funciona de una manera similar, produce de forma masiva y rechaza también de forma masiva. Pero sabe reciclar su materia obsoleta para crear más vida. El ser humano tiene la asignatura pendiente de saber qué hacer para bien con todo lo que ya no le sirve: no sabe controlar su entropía productiva. Dicho de otra forma: agotar los recursos naturales tarde o temprano. Y entonces, ¿qué?

El desarrollo de las tecnologías digitales puede cambiar el panorama. Tal y como comentan autores como Enrique Dans o Ismael Peña, la era digital está transformando las cosas radicalmente. La competitividad, tan arraigada en la naturaleza del ser humano, clave en el sistema capitalista, queda erradicada (o transformada como mínimo), porque si antes el hecho de que yo disponía de un recurso suponía que tú no lo tenías, ahora los recursos se pueden duplicar fácilmente. La información, los contenidos digitales, ¿pueden someterse a estrategias de obsolescencia programada? Los navegadores web, los plugins (como Adobe Flash o Oracle Java), algunos sistemas operativos, se actualizarán constantemente. Estas soluciones informáticas podrían ser más completas desde el principio? Puede ser que sí, pero el problema del reciclaje queda resuelto: las nuevas versiones absorben las antiguas sin general residuos. El problema es el material de apoyo, el hardware, que acaba antes de tiempo en un centro de recogida y poco aprovechado en los ciclos de reciclaje. Esto incluye los aparatos que permiten su reproducción: televisores, vídeos, ordenadores … Otro auto-reproche: ¿cuántas veces hemos cambiado de móvil en los últimos años? ¿Realmente era necesario que hiciéramos estos cambios? Seguramente, en la mayoría de casos la respuesta es: no. Por tanto, los documentos, las imágenes, sonidos y vídeos digitales, lejos de representar un paso para la eliminación de las estructuras del capitalismo más salvaje y desconsiderado, resultan uno de los paradigmas de la obsolescencia programada o al menos facilitadores.

Todos queremos un mundo mejor. Y por eso de entrada estamos a favor de producir lo que necesitamos y no tener que depender de estrategias tan aberrantes como esta. Queremos un mundo sostenible y basado en principios de austeridad y de respeto por el medio ambiente. Pero el ecologismo, de momento, no es rentable. Limitar los avances de la ciencia favorece el mantenimiento y creación de puestos de trabajo … o eso dicen las grandes corporaciones. Como excusa está muy bien, ¿no? La gran tragedia del mundo occidental es darse cuenta de que aunque muchas cosas no le gustan, se tienen que hacer así para asegurar un estado de comodidad como el que tenemos y un equilibrio en todos los sentidos. Luchar para erradicar estos comportamientos despreciables supone liberarse de nuestra forma actual de vivir. ¿Estamos dispuestos a abandonarla así como así? Dada la reducción de calidad del producto éste resulta más competitivo, y la nuestra es una #Sociedad que apuesta por todo aquello que es barato (no acabamos de tener en cuenta que las cosas tienen un precio, quizá no tan elevado como ocurre a veces, pero hay un precio). Cada cosa que fabricamos o cada servicio que ofrecemos tienen detrás unas horas de dedicación, un esfuerzo. Incluso (o sobre todo) las administraciones, cuando aprueban adjudicaciones para llevar a cabo sus proyectos, apuestan por aquella empresa que se lo haga a un precio más económico. Todo esto me hace pensar en  esos inventos como el coche eléctrico o la energía solar que no acaban de resultar por cuestiones dinerarias (lo sé, está el problema del petróleo por medio). Más grave sería la confirmación absoluta de la teoría conspirativa de las farmacéuticas que apoya la doctora y monja Teresa Forcades. La aberración máxima, sin embargo, sería ver cómo prosperan los intentos de patentar la vida (artificial) que “crea” el instituto Craig Venter. Mientras la humanidad no logre un verdadero hito de modificar su entorno, (no externo, sino interno), su escala de valores y de no crear más necesidades de las necesarias (permitidme esta redundancia), la ciencia seguirá supeditada a la rentabilidad económica. ¿Es esto lo que queremos? ¿Es esto lo que necesitamos?

Algunas referencias sobre el tema: