La ética ante la corrupción

Artículo de la categoría Opinión
ENE
30
2017

En este país tenemos un problema enorme con la corrupción. Seguramente muchos países están en una situación parecida, pero a nosotros nos parece más grave aquí que fuera. De todas formas, a cada cual le acaba doliendo lo suyo. No solamente están manchados aquellos partidos políticos que han gobernado, sino también otras formaciones dejando a la ciudadanía la sensación de impotencia de que no es cuestión de quien mande, sino que el sistema de alguna forma genera “per se” el residuo de la corrupción. Un entusiasta del “Señor de los Anillos” diría que el poder es como el anillo de Sauron: corrompe al más honesto. Julio Anguita, ex-coordinador general de IU y del Partido Comunista dice directamente que para llegar al poder hay que ser corrupto. Y en el mismo saco metemos a los que evaden impuestos, sin meter la mano en la arcas públicas, los que contratan en negro, los que maltratan a sus empleados con contratos infames, las empresas mezquinas que vulneran cualquier tratado de, por ejemplo, medio ambiente por un mayor beneficio,… Me parece correcto.

Lo triste es que a veces me da la sensación que por más corrupción que haya lo que más detesta la sociedad es la gente que pretende dar lecciones de limpieza, como son los casos de Gabriel Rufián (ERC), que se llenó la boca de criticar no solo a los corruptos sino a aquellas empresas deshonestas como Inditex y su lider Amancio Ortega, para luego asistir al programa de Risto Mejide vestido de Zara, o el caso de Pablo Echenique (Podemos), que tuvo un tiempo a su asistente personal sin declarar a hacienda. Son dos ejemplos de partidos que han sido muy mirados con lupa y a los que no se les perdona la más mínima falta. ¿Por qué? Porque han sido muy críticos. Estoy de acuerdo que peor que un ladrón es un policia o juez ladrón. Se supone que ellos deben combatir el robo, no practicarlo. Pero, ¿acaso no somos más críticos con los críticos que con quienes señalan los críticos?

Dicho de otra manera, ¿se invalida el mensaje, la crítica, de corrupción o de acción no-ética cuando se demuestra que quien la denuncia también está manchado de ella? Parece que castiguemos más la incoherencia y el no predicar con el ejemplo que la propia corrupción. Y eso nos hace una sociedad estúpida y mezquina. Deberíamos tomarnos estas cosas de otra manera. Recuerdo aquella frase lapidaria de la película de suspense-terror Stigmata, en la que la protagonista, poseída, ante la pregunta del exorcista “¿Quién eres tú?“, ella, con voz de hombre contesta en italiano “Il messaggero non e importante” (“El mensajero no es importante”).

No es que pretenda que pasemos por alto el más mínimo indicio de mala práctica o directamente de ilegalidad. Pero creo que tenemos que separar denuncia de denunciante. Por más corrupto que sea quien señala la corrupción, por más cárcel que se merezca, es su mensaje el que debe ser evaluado y no él o ella. Y en muchos caso, ese mensaje, sigue siendo cierto.