Arthur C. Clarke

Artículo de la categoría Opinión
AGO
31
2015

Nunca atribuyas a la malevolencia lo que sencillamente se debe a la incompetencia

Este verano me ha dado por la ciencia ficción de temática espacio, y he visto varias películas clásicas y actuales (Europa Reports, el Juego de Ender, Interstellar, Gravity, aunque ésta no es de bien bien de ciencia ficción…). Y he leído a varios autores de entre los que voy a destacar a Frederk Pohl, con su “Pórtico”, y por supuesto al grandísimo Arthur C. Clarke del cual he devorado sus “Cánticos de la lejana Tierra” y, como no, la tetralogía de 2001, que concluye con “3001 Odisea Final”, donde se encuentra esta frase que hoy voy a comentar. La ciencia ficción tiene para mí el atractivo de traernos retos futuros que resolver pero que suponen poner en juego los mismos fantasmas y preocupaciones que de alguna manera han traído de cabeza a la humanidad desde casi siempre.

¿Cuántas veces nos han tildado de perversos cuando nos hemos equivocado en algo y nosotros lo hemos hecho con la mejor de las intenciones? O al revés, hemos visto esa maldad en otros porque piensa o hace cosas que acaban perjudicando a más de uno. Hacer la atribución que propone Clarke, me hace pensar en que todos tenemos una responsabilidad y ante cualquier trabajo o labor debemos de estar a la altura y si no, no aceptar esa labor. ¿Cuántas personas conocemos que a pesar de mostrar una y otra vez que su puesto le va grande ahí siguen porque la responsabilidad que no atienden lleva una contrapartida económica más que suculenta? La Administración está llena. Y muchas empresas privadas también cuentan con esa lacra. Sin embargo, esta frase también me lleva a otro valor que cada vez se vuelve más necesario en una sociedad que se ha afianzado en el ojo por ojo. No digo que quien se equivoca, aunque el trasfondo no fuese malo, no tenga que pagar por su error. Por supuesto. Pero nos vendría muy bien recuperar un ejercicio que seguro nos haría mejores y más felices: la misericordia.