A su imagen y semejanza

Artículo de la categoría Opinión
ABR
30
2017

Últimamente me estoy documentado bastante sobre los nativos norteamericanos (sí, esos que siempre hemos llamado indios) para un proyecto del que espero poder hablar pronto. A pesar de la multitud de tribus que hubo antes de la llegada del hombre blanco, con sus diferentes culturas, economías, formas de organización, lengua, etc… hay nexos en común que las unen en forma del gran pueblo unido que nunca fueron. Su espiritualidad se puede resumir de manera conjunta. A pesar de creer en diferentes deidades, todas ellas eran la expresión concreta de un Dios superior único. La naturaleza no era sino nuevamente la expresión material de esa fuerza creadora. Pero a diferencia de nosotros los occidentales, jamás vieron a ese Dios con forma de persona. Tenían muy claro que se trataba más bien de una fuerza universal, de algo dotado de pura energía. Su Dios no les hizo como el nuestro a su imagen y semejanza.

Y esto tiene una importancia crucial para marcar la diferencia entre aquellas civilizaciones y la nuestra. Pensar que estás hecho con la misma apariencia que tu dios superior te hace soberbio y te empuja a tratar de dominar completamente la naturaleza que te rodea. Nos hace olvidar nuestros límites y nos hace creer que tenemos derecho a explotar al resto de los seres vivos para nuestro único beneficio. Los indios de la América del Norte se consideraban hermanos de los animales y las plantas. De hecho a menudo ganaban sabiduría a base de observarlos y de escucharlos (sus visiones místicas normalmente se basaban en mensajes que la divinidad les hacía llegar a través de determinados animales). De ahí el profundo respeto que sentían hacia la Naturaleza como se puede observar en los innumerables rituales que celebraban en su día a día. La Madre Tierra les había dado la vida y a Ella se lo debían todo.

Nosotros, el hombre blanco, hemos conseguido unos niveles tecnológicos y sociales increíbles que nos sitúan en un nivel de civilización superior al de los nativos (hay que recordar que algunas tribus vivían del pillaje, guerreaban constantemente, hacían sacrificios humanos e incluso llegaron a practicar el canibalismo ritual). Pero ha sido a base de negar la evidencia de nuestros límites. Unos límites que nunca seremos capaces de superar: por más información que generemos, nuestra atención es limitada; por más espacios digitales que confeccionemos para aumentar la realidad, la Tierra (cuanto más el Universo) siempre será demasiado para nosotros, y nuestra existencia limitada; por más avances médicos que consigamos, nuestra vida es limitada. ¿Hubiéramos podido llegar al momento de desarrollo que vivimos hoy con una filosofía como la india, basada en la humildad? Es posible que no. Pero está claro que cuando su filosofía de vida, reflejada en multitud de maravillosas sentencias, nos admira tanto, es porque vemos con tristeza cuánto nos hemos alejado de esa unión primordial con nuestros orígenes. Nosotros hemos tratado de adaptar la realidad a nuestras exigencias. Ellos hicieron al revés: simplemente se adaptaban en armonía con su Madre creadora. Así pues el reto es conseguir avances, tecnológicos y sociales, sin perder de vista el mayor legado de la religiosidad de los indios norteamericanos: el respecto por la vida misma.